El 13 de febrero de 1963 Sylvia se encontraba sola, sintiéndose fracasada, enferma y atravesando una más que probable depresión post-parto, arruinada y con 2 niños muy pequeños a su cargo.
Siempre quiso escribir. Ser escritora. Estudió, se formó, se enamoró de un Adán llamado Ted Hughes, y su vida se fue convirtiendo en todo aquello que no soportaba.
Ya en sus diarios escribía:
«Pero las mujeres también desean. ¿Por qué tienen que quedar relegadas a la posición de quien controla las emociones, vida de los hijos, alimenta al espíritu como el cuerpo y el amor propio los hombres? Haber nacido mujer es mi tragedia.»

Así se describía en sus primeros diarios.
Recorrido a través de su infancia y adolescencia. Sus años de estudiante brillante y su pasión por el poeta Ted Hughes.
Maternidad, infidelidad y una sociedad ciega a su talento.
Idealizaba la relación amorosa, pero también sentía rabia ante las posibilidades del hombre que no estaban al alcance de la mujer. Ted llegó a su vida como un huracán.

Sylvia ha muerto separada de Ted pero aún legalmente casada con él. Él y su hermana Oldwyn serán quienes se encarguen de su legado. Muchas piezas no han terminado nunca de encajar con claridad

El suicidio de Sylvia no fue el único que ocurrió en su entorno más cercano. De una manera inquietante, otras personas de su entorno sufrieron problemas de salud mental complicados y difíciles.

Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies.

